por Norberto Levy — La autoasistencia psicológica
Nos enojamos cuando algo nos frustra: desde algo tan pequeño como un atascamiento de tránsito hasta una amenaza a mi integridad física o mi honor. Los motivos son variadísimos y los grados de intensidad también, pero todos tienen un elemento común: debajo de cada enojo hay una frustración.
La función esencial del enojo es darme más energía para enfrentar el obstáculo que produce mi frustración. El tema fundamental es si yo aprendí a canalizar adecuadamente esa fuerza, o no. Ese aprendizaje es una de las tareas más significativas que los seres humanos necesitamos realizar.
Surge de todo lo que en general hacemos cuando no sabemos encauzar la energía del enojo. Marco Aurelio dijo: "¡Cuánto más penosas son las consecuencias del enojo que las causas que lo produjeron!" Es fundamental distinguir dos tipos: el enojo que destruye y el enojo que resuelve.
El enojo que destruye usa esa energía para herir, castigar y hacer sufrir. El resultado: los dos terminan lastimados y resentidos, y el problema original no se resolvió.
El enojo que resuelve dirige esa energía sobre el obstáculo: expresa lo que siente y demanda una solución concreta. La esencia es autoafirmarse con claridad, fuerza y respeto, sin descalificar ni insultar.
Se apoya en dos pilares: expresar lo que sentís ante lo que sucedió, y demandar la respuesta que te "des-enojaría". Expresar la frustración no quiere decir enjuiciar al otro. Son respuestas muy distintas: "estoy muy enojado por lo que hiciste" es diferente a "sos una basura". Me concentro en la acción que me frustra y demando una solución.
Cuando algo ya ocurrió y no tiene arreglo, además de decir lo que sentís, podés orientar la demanda hacia el futuro: generar algún acuerdo para que no vuelva a ocurrir. La clave es descubrir en cada caso la situación que te des-enojaría. Ante un enojo intenso, preguntate: ¿qué tendría que ocurrir acá para que mi enojo cese?
Mucha gente cree que si le tiene afecto a alguien no puede enojarse con ella. En realidad es al revés: una de las cosas que más ayuda a hacer resolutivo el enojo es expresarlo con afecto. El cambio es de "porque le tengo afecto no me puedo enojar" a "porque le tengo afecto es que le puedo expresar mi enojo cuando lo siento".
Cuando uno aprendió a enojarse respetuosamente, puede distinguir con más claridad si el enojo del otro es resolutivo o destructivo. Entonces puede identificar qué parte de verdad hay en ese enojo, qué reparación requiere, y cuánto hay de enjuiciamiento o maltrato. Esa distinción te permite no quedar sometido al modo destructivo del enojo ajeno.
Es el tema de la acumulación. Cuando uno no aprendió a expresar el enojo tiende a retenerlo, y se va acumulando. Alguna situación menor activa el enojo acumulado y sale con una intensidad desproporcionada. Por esto es bueno estar al día con los enojos, pero para eso es necesario haber aprendido a expresarlos de un modo resolutivo.
Uno no se enoja consigo mismo de modo global, sino con alguna parte de sí: la parte insegura, miedosa, exigente. Lo primero es descubrir con qué parte propia estás enojado. En el universo interior el enojo también puede ser destructivo o resolutivo. La mejor manera de saberlo es ponerse en el lugar de quien recibió ese enojo y observar cómo se siente al oírlo: si destruida o ayudada.